Mueren en el mar y mientras lo hacen las palabras se ahogan en su garganta: “¡Me muero de hambre!”
Es el grito silencioso de casi la mitad de la humanidad que vive en condiciones de pobreza o, peor, de pobreza extrema. El grito de cien millones de niños que no están escolarizados. El de más de medio millón de mujeres que mueren por causas relacionadas con la maternidad. El de millones que fallecen a causa de la malaria, la tuberculosis y enfermedades comunes por no tener acceso a los mínimos servicios médicos. Es el grito de once millones de niños que se van antes de cumplir los cinco años...
Es el grito desesperado de miles de personas que, a diario, están arriesgando su vida en desprotegidos cayucos en busca de la esperanza de otra orilla a la que muchas veces no llegan. Pobreza y hambre no son fruto del azar o la necesidad, tampoco lo son de la buena o mala fortuna, sino que son el resultado de una forma de organizar la vida económica y política. Pobreza y hambre no son males inevitables porque la humanidad cuenta con alimentos, tecnología y recursos para atender a una población mayor de la actual, lo que pasa es que están mal repartidos y utilizados.
Por eso, este grito es una llamada acusatoria que demanda responsabilidades a quienes teniendo poder para evitarlo lo consienten y a quienes con nuestra inhibición y silencio ante semejante catástrofe humanitaria nos volvemos cómplices.
... y siga usted por donde quiera
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