
Sucede, a veces, que cuando Occidente dirige su mirada hacia Oriente lo hace bajo un enfoque que reduce una compleja realidad a unos pocos datos que, si se quiere, pueden llegar a ser fácilmente manipulables. La idea general que tenemos de China, de ese gran dragón asiático difícilmente puede llevarnos a entender con profundidad una cultura tan lejana, compleja y con un carácter milenario.
Nadie niega, y es necesario denunciarlo, que allí las minorías no están siendo respetadas, que el sistema político restringe libertades y no permite que el libre desarrollo de la personalidad y la autocrítica afloren como ocurre en el mundo occidental pero si algo tengo claro después de pisar aquel suelo es que esas verdades no son excusa para invisibilizar otras facetas de un país de envergadura continental, que con sus más de 1.300 millones de habitantes y su complejísima cultura exige mayor comprensión.
La celebración de los Juegos Olímpicos no debería dar pie a la odiosa práctica que lleva a creer que Occidente debe imponerse moralmente a Oriente, más bien deben suponer una oportunidad de acercamiento y de conocimiento porque los Juegos no sólo son un escenario de los deportistas de los diversos países en busca de su gloria o su sueño, sino también deberían ser una plataforma para que los pueblos puedan acrecentar la comprensión entre ellos. Durante las tres próximas semanas toca disfrutar de la magia de los Juegos y, de paso, aprovechemos para descubrir, aunque sólo sea un poco, los secretos que esconde el gran dragón.

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